12 de enero de 2021

EL ASALTO AL CAPITOLIO, UNA PESADILLA QUE NO CESA

Imagen de artículo en Nueva Revolución


 Era previsible que ocurriera y pasó. No era una cuestión de predecir lo que ocurrió porque las llamadas a hacerlo en los días previos se sucedieron. Lo que nadie pudo predecir es que fuera tan fácil la empresa y no porque fuese una multitud desbordante, sino más bien, por la relajación sospechosa de los que tenían que prever y tomar las medidas de seguridad que impidiera de manera efectiva lo que estaba anunciado que pasaría. Lo expreso de esta manera a riesgo de parecer un cuñado cualquiera o el mismísimo Girauta.

El asalto del Capitolio por una turba de exaltados caricaturescos y otros no tantos seguidores del todavía, aunque cada vez menos presidente de EE.UU., Trump, después que este mismo arengara a hacerlo hasta minutos antes en un mitin en las proximidades de la supuesta sede de la voluntad popular estadounidense, estaba cantado, como cantado estaba que solo se trataba de algo testimonial. Se trató de una demostración de fuerza de quienes tenían la necesidad de que se conociera la dimensión real de esa fuerza y su intacta capacidad de movilizar desde la manipulación más absoluta a una muchedumbre, así como, la propia demostración de que sus tentáculos de influencia están muy arraigados no solo en la clase política sino también en la mismísima administración americana. La prueba es que, una vez demostrada la fuerza en todas sus vertientes y se pudiese ver a través de todos los medios de comunicación del mundo, se fue diluyendo poco a poco, incluso antes de la intervención efectiva de las fuerzas de seguridad que posteriormente se convocaron.

Algo más propio de guion de película de serie B americana, dado sus estrambóticos protagonistas y personajes, incluido el propio Trump, no puede ni debe considerarse golpe de estado y si más bien un golpe de efecto, que a la postre es y será mucho más efectivo para los intereses de los inductores intelectuales del asalto al Capitolio.

Después de esta interpretación de los hechos, cabe preguntarse quién está detrás de esta demostración de fuerza y para qué necesitaban hacerlo.

Es impensable que la motivación fuese subvertir la legalidad e impedir que el Senado y Congreso americano en sesión conjunta certificase que el candidato del partido demócrata, Joe Biden, ha ganado las elecciones y, con ello, salvar el culo de Trump de todos los desmanes conocidos y por conocer que ha perpetrado durante sus cuatro años de mandato presidencial. Nadie puede pensar en la viabilidad de la iniciativa, entre otras cuestiones, porque Trump no es más que una pieza más, con su importancia relativa, pero pieza al fin al cabo y por ello desechable, una vez se confirme que ya no vale, como a buen seguro ocurrirá a partir del 20 enero y se tenga que enfrentar a las múltiples demandas judiciales que le esperan. 

El asalto al Capitolio, en su diseño y perpetración no ha sido más que un muy serio toque de atención a la nueva administración que diseñe Joe Biden, en el sentido de que se piense muy mucho el intentar revertir las políticas económicas y sociales a nivel interno y de llevar a cabo cambios drásticos en la dirección en la política exterior de Estados Unidos. Esos poderes fácticos, que no solo son locales sino también mundiales los hay por doquier, por eso no solo hay que tener mucho cuidado con esos salvadores de patrias, sino con los poderes fácticos que lo empujan y desde la sombra lo respaldan hasta que no les son útiles. Esperemos que, para ver desechar a piezas como Abascal y Ayuso, entre otras muchas, llegados el momento, esos poderes fácticos no recurran a lamentables episodios homologables a la toma del Capitolio.

Desperté de la pesadilla preguntándome quien enturbia ya mis sueños, aunque no sobresaltado y sí con una sonrisa, sonrisa que iba tornando en serio rictus de preocupación a media que iba escribiendo esta reflexión sobre la misma.


Puño en Alto


🔴 NOTA: Este artículo está publicado en 👉🏾 Nueva Revolución 

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